martes, marzo 17, 2026

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MADRID AL DÍA

Cuba: 67 años de continuidad del desastre

Imilka Santiago, cubana residente en España desde hace 27 años, ha construido aquí su vida y su familia, manteniendo siempre un fuerte vínculo con sus raíces. Desde esa doble perspectiva, reflexiona sobre la relación de España y de Occidente con Cuba y ofrece su mirada crítica sobre la política mantenida durante años hacia el régimen de la isla.

«Mantengo un profundo vínculo con esta nación, también ligada a mis raíces familiares. Amo este país .
Desde esa posición, sostengo una mirada crítica y objetiva sobre la política de Occidente, y particularmente de España hacia Cuba, históricamente marcada por una relación ambigua y un recurrente acercamiento a la dictadura cubana.


Cuba lleva 67 años bajo la misma dictadura. Primero Fidel Castro, luego su hermano Raúl Castro, y hoy Miguel Díaz‑Canel, un títere colocado a dedo que resume la frase oficial: “somos continuidad”. Todo un postureo secreto a voces para encubrir algo más latente y es una élite militar encubierta en un grupo llamado Gaesa q domina la economía del país hinchando sus bolsillos q quieren mantener su estatus a costa de un pueblo tanto dentro de país como en el exilio . Durante todo este tiempo, Occidente miró para otro lado. España perfeccionó el arte de preocuparse sin incomodar. Mientras se vendía una revolución romántica, millones de cubanos aprendían a sobrevivir con lo que no había.
Hoy, gracias a Dios —aunque algunos quieran atribuirlo a Trump— la ilusión comienza a resquebrajarse. El carnaval termina. La música baja. Las máscaras caen. Lo que durante décadas fue una postal ideológica deja ver su verdadero rostro: hambre, apagones y vidas atrapadas en la rutina de la supervivencia.
Fidel Castro fue la raíz, el tallo, las hojas y hasta el florecer del mal. Creó un sistema que controla todo: economía, política, y hasta la mente de los cubanos. Raúl Castro no suavizó nada. Continuó el desastre con la misma maquinaria de miedo y escasez. Díaz‑Canel solo sostiene la fachada: ni líder, ni visionario. Un títere que mantiene vivo el árbol maldito que Fidel sembró.
Décadas de aislamiento y propaganda han generado un síndrome de Estocolmo condimentado con censura, represión y terror. El cubano tiene miedo de perder algo que nunca ha tenido: su libertad. Su cárcel no tiene solo barrotes visibles; son rejas frías disfrazadas de rutina, donde hasta el mínimo alimento de dignidad ha sido arrancado. El Castrismo no solo secuestró la mente: robó la capacidad de sentirse humano.
Mientras los responsables cambian de rostro, millones de cubanos no buscan utopías. Solo reclaman algo radical en este sistema: libertad y una vida normal.

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