Noah sonríe porque sabe que lo ha conseguido, se siente protegido en la ciudad, que aún, quemándole sus pies descalzos, es más acogedora que el mundo del que viene.
Esta misma tarde, mientras seguimos muy de cerca toda la información que llega desde Ceuta, las imágenes de embarcaciones precarias, de personas que arriesgan su vida en el mar y de una crisis migratoria que vuelve a ocupar titulares, me encontré con una historia que puso rostro a una realidad que a menudo observamos desde la distancia.
Paseaba por la calle de O’Donnell cuando vi a Noah. Su imagen destacaba entre la calma de una calle casi vacía por ser sábado ya que los fines de semana, Madrid se queda vació, más si hay 33 grados de calor. El chico caminaba descalzo, con el pelo sucio, una camiseta negra y un pantalón igualmente desgastado. No parecía tener un destino concreto. Iba de un lado a otro, observando, avanzando unos metros, deteniéndose, volviendo a caminar. Había algo en él que me hizo fijarme, a veces parecía que el asfalto le quemaba los pies.
Me impactó verlo, más cuando empecé a comprender, que ese chico, con total probabilidad, era uno más de los que ponen su vida en peligro, buscando una vida mejor. Estaba extrañada pensando como y con que recursos una persona como él, había llegado aquí, y tirado en la ciudad descalzo, sin nada. Con una mano delante y otra detrás. Por otro lado, me daba pena verlo en esas condiciones, y finalmente cuando la señora le dio de comer, sentí alivio porque algo podría comer.
Quizá porque llevamos desde el día de la invasión a Ceuta, compungidos, impresionados, sin saber porque el gobierno no toma decisiones que favorezcan a todos, Quizá porque detrás de cada cifra, de cada titular y de cada debate político hay personas concretas. Personas con nombre, con una historia y con un pasado que raramente conocemos. Tanto si es una invasión, como si no, estas personas, tienen un presente difícil.
Durante unos minutos observé a Noah. Entró en una pastelería y salió poco después. Continuó caminando. Fue entonces cuando una mujer que cruzaba un paso de peatones se fijó en él. Intercambiaron unas palabras y ambos regresaron juntos al establecimiento.
La señora le invitó a elegir lo que quisiera comer. Noah comenzó a señalar dulces y otros productos con una ilusión que resultaba imposible no contagiarse. Sonreía. Sus ojos brillaban. Durante unos minutos parecía haber olvidado el peso de todo lo que había vivido para llegar hasta aquí. Aquella mujer no sabía quién era Noah, lo hemos cococido ala vez, con las pocas preguntas, en un inglés básico que usaba para poder comunicarme con él y no desaprovechar ese momento, de hablar con alguien, que jamás volveré a ver. No conocía su historia. La señora sin conocerlo, se lanzó a ayudarlo, por humanidad. La bondad humana mostró allí todo su esplendor, al margen de cualquier responsabilidad política, allí estaba él y junto a él, la solidaridad.
Cuando salieron de la pastelería me acerqué a hablar con él y con ella. Conseguí entender que procedía de Sudán y que había logrado llegar hasta Madrid tras un viaje extremadamente duro. Estaba sonriendo, a veces, podía parecer que estaba sorprendido de mis preguntas, otras, creo que se reía de mi poco inglés, pero sobre todo, sonreía porque llevaba algo que echarse a la boca.
Mientras intentaba escucharle, mi cabeza imaginaba todo aquello que me habría gustado preguntarle si hablase bien inglés, ¡mi asignatura pendiente!. Le querría haber preguntado, Cómo había sido su recorrido. Cuántas veces había sentido miedo. Cuántas veces había pensado en rendirse. Qué dejó atrás. A quién echa de menos. Qué sintió al cruzar fronteras, al enfrentarse al mar o al llegar por fin a una ciudad de la que probablemente había oído hablar durante años.
Pensaba en esas imágenes que vemos cada día en los informativos. Personas que se juegan la vida en una lancha o a nado. Jóvenes que atraviesan países enteros sin ninguna garantía de llegar a destino. Hombres y mujeres que abandonan todo lo que conocen persiguiendo una oportunidad. La falta de regulación y control en las fronteras, les lleva a estos jóvenes a poner su vida en peligro, sin que parezca que a nadie le importe lo que les pase.
Y entonces comprendí algo. Para muchos de ellos, Madrid representa lo que durante décadas fue el sueño americano para millones de personas. Un lugar donde empezar de nuevo. Donde encontrar trabajo. Donde construir una vida mejor. Donde recuperar la esperanza.
El sueño madrileño. Noah estaba allí, caminando por O’Donnell con los pies descalzos sobre el asfalto de una ciudad que quizá había imaginado durante años. Una ciudad que para él simboliza una oportunidad. Una posibilidad. Un futuro.
Por eso, mientras escuchaba su historia entre palabras sueltas y frases incompletas, no podía dejar de pensar que detrás de cada debate sobre inmigración hay seres humanos. Personas que sienten, sufren, sueñan y esperan.
Los responsables políticos tienen la obligación de gestionar esta realidad con responsabilidad, rigor y humanidad. Pero quienes hoy me dieron una lección fueron Noah y aquella mujer anónima. Él, por seguir adelante después de todo lo vivido. Ella, por detenerse unos minutos y recordar que la solidaridad sigue existiendo.
Porque esta tarde, en una calle cualquiera de Madrid, no vi una noticia sobre inmigración. Vi a una persona necesitada. Y vi a otra persona tendiéndole la mano.
Espero que llegue el día, que cada país crezca y prospere en todos los sentidos, para que nadie quiera huir de ellos.



