Sociedad Anestesiada
¿Soy yo? Ó la vida ya no va rápido, va a la velocidad de la luz? Sin embargo, parece que no avanzamos.
¿No tenéis la sensación de que algo nos está cambiando por dentro, y mientras miramos hacia otro lado? ¡Como si estuviéramos anestesiados.!
Vivimos rodeados de ruido. Información constante. Noticias buenas, malas, falsas, exageradas. Opiniones de todos sobre todo. Un bombardeo continuo, que sobrepasa nuestra capacidad de atención, cuando levantamos la cabeza del móvil, las noticias o la radio o podcast, es como cuando jugábamos de pequeñas a darnos vueltas sobre sí mismas, y luego no podías moverte para no caerte.
Y quizás no fue el ruido lo que nos cambió… quizás fue el silencio. El silencio con el que aceptamos todo lo que pasa en este país, que nos afecta directísimamente, pero que no hacemos nada por mejorarlo o cambiarlo. Aceptamos y consentimos cosas a los que nos gobiernan, cosas que hacen con nuestra confianza, la de creer que gestionarían bien lo que no es suyo, nuestro dinero, decisiones sobre nuestras calles, nuestras leyes… y siguiendo el hilo, hacen cosas, que seguramente si nos hicieran, nuestra pareja, hermanos o amigos cercanos, les llamaríamos la atención o les pondríamos límites. Por no decir que si gestionaran una empresa privada, los habrían despedido hace tiempo.
Todo sube… menos la decencia, la honorabilidad, el rigor, la ética, el respeto al prójimo, a los mayores, -como a ti mismo. Aquí, hay que respetar a todos los individuos, homosexuales o LGTBI+ extranjeros, o con diferentes religiones, y todos, debemos mantener orden reciproco, basado en el respeto y dentro de esta multiculturalidad maravillosa que nos ofrece la globalización, y la propia existencia y el universo, debemos aprender los unos de los otros y entender, que este es el reto que nos toca afrontar, para el cual estamos más que preparados. Vivir y avanzar en nuestro siglo.
Pensemos en nuestros, hijos y nietos y deberíamos intentar mejorar lo presente, para que ellos tengan un mundo mejor y cuando miren atrás, se sientan orgullosos de nuestra época, nuestros logros y nuestros avances en todos los sentidos, sobre todo en unidad entre los ciudadanos, apoyo y unidad.
Hay que dejar de estar anestesiados, y dar ejemplo con nuestras acciones. Y si los que nos gobiernan, están sacando los pies del tiesto, se les expulsa de sus funciones, y que pase el siguiente, sin dolor ni compasión, que la vida sigue, y cada uno debe hacer lo mejor de si mismo y si se tuerce el carro, antes de que lo tiren por el barranco con todos nosotros dentro, se les baja del carro y ponemos otro conductor. Así ha sido toda la existencia de la humanidad, y así debe seguir siendo.
Cuando entramos, un día y otro, en el: «Donde dije digo.. Digo Diego! Se redactan y crean leyes “a Trochi moche”, a salto de mata, sin valorar los perjuicios o daños colaterales, si no se redactan con equidad y justicia, cuando vemos que se compran votos, favores, influencias, con el dinero de todos nosotros, sin preguntarnos si lo queremos regalar, o la convivencia de todos, deja de tener limites, control o supervisión para salvaguardar los derechos y deberes de todos, sin discriminación de ideas, sin medir consecuencias de no hacer las cosas documentados, contrastando y confirmando que nadie saldrá perjudicado.
Todo en la vida, se puede hacer, si es coherente, de sentido común, no perjudica a nadie, pero consensuado y en orden. Se habla de igualdad para uno quitando la igualdad al otro de al lado. La equidad, lo mismo es un termino mas justo. Hablemos y consensuemos. Que el hombre y la mujer van a perdurar, siglos y siglos, cuanto antes nos entendamos mejor para la existencia de la humanidad futura. Que los robots, si van a ser iguales entre ellos. No van a discutir por la igualdad. ¿ Porque nosotras y nosotros si? Busquemos la equidad y la armonía, que nos va a ir mejor.
Cuando se gobierna con una idea fija sin escuchar a todas las partes, dejando a los que piensan diferente en la cuneta, pasa lo que decía mi madre: “van como los burros, con las antojeras, puestas” pisoteando por donde pasan sin mirar a los lados y ver que todos estamos en el mismo camino, todos vamos en el mismo barco.
Mientras tanto, la vida sigue. O eso creemos.
Competimos con productos, que como dicen los agricultores, no siempre cumplen los mismos estándares que se nos exigen aquí. Nuestros agricultores, transportistas y pequeños empresarios luchan contra normativas asimétricas y mercados globales donde no todos juegan con las mismas reglas. Lo nuestro lo pisamos, lo olvidamos, lo ahogamos en burocracia. Hacemos honor a ese refrán de que nadie es profeta en su tierra. Nos falta orgullo por lo propio y equilibrio en las condiciones.
Y en paralelo, resurgen extremos que dormían. Se alimentan del enfado, del miedo y de la polarización. El cortisol social se dispara y se reparte tensión en todas direcciones. Nos quejamos… cuando la pantalla del móvil nos deja un minuto libre. Porque después volvemos a ella, y seguimos con las dosis de anestesia.
Los algoritmos nos muestran más de lo que ya pensamos. Nos convencen de que tenemos razón en todo. Nos rodean de opiniones que refuerzan nuestra postura y nos aíslan del matiz. Y así, poco a poco, dejamos de escuchar.
Nuestros adolescentes crecen entre notificaciones constantes que alteran atención y juicio, se vuelven impulsivos, poco reflexivos y muy influenciables. Pero no solo ellos. Padres, madres y abuelos comparten la misma inclinación de cabeza ante la luz azul, del móvil y del ruido que sale de él. Se pierden sobremesas, juegos en la calle, silencios en el campo. Se pierde la charla sin reloj.
Y, sin embargo, el progreso tecnológico y de la IA es admirable. Robots que aprenden, que realizan tareas domésticas, que compiten en habilidades humanas. La inteligencia artificial no es el enemigo. Es una herramienta poderosa. El peligro no está en su existencia, sino en que nosotros renunciemos al criterio, a la conciencia, al pensamiento propio.
No es la primera vez que el mundo parece tambalearse. Tras el crack del 29, después de dos guerras mundiales, durante la pandemia de 1918 o la reciente del COVID-19, la humanidad siempre sintió vértigo. Siempre hubo crisis, traiciones, plagas, riadas. La incertidumbre no es nueva.
En el siglo XVII, Thomas Hobbes escribió; elegimos gobernantes para que administren con rigor, cuiden infraestructuras y protejan el interés general. Cuando ese pacto se rompe, la confianza se resquebraja. Y sin confianza no hay comunidad.
El problema no es solo político o económico. Es cultural y moral. No se trata de rechazar el progreso ni de idealizar el pasado. Adaptarse es inevitable y necesario. Pero perder la esencia es opcional. Miremos atrás, para conocer la historia y mejorar el presente sin cometer los mismos errores. Los que nacieron con la democracia, quieren vivir en el presente, crear recuerdos de superación, convivencia, regeneración, desde el presente que viven, no el que le cuentan, mejorarlo y creando una historia digna de ser recordada por generaciones futuras, a las cuales, deberíamos enseñarles algo, lo bueno de hoy, para que les sirva mañana.
Quizá el verdadero acto revolucionario hoy no sea gritar más fuerte, sino mirar alrededor. Conocer al vecino. Escuchar historias reales. Recuperar el valor de la palabra dada. Humanizar en medio de la automatización y ruido en el que vivimos.
Porque lo que nos diferencia de cualquier algoritmo no es la velocidad, sino la conciencia. No es el cálculo, sino la empatía y el amor a la vida.
Hoy hablamos de despertar.
No contra el progreso, sino contra la indiferencia.
De recordar que el propósito humano no es solo producir y consumir, sino convivir con dignidad, respeto y concordia.
Y de entender que, si no defendemos lo que nos hace humanos, nadie —ni nada— lo hará por nosotros.


